Odiar me da flojera

Odiar me da flojera

Cuando era joven y aún hacía daño, una mujer, que fue algo más que mi amiga, me dijo: "Debería odiarte, pero me da flojera". Es la lección más útil que he recibido en medio siglo.

Aunque uno ame con todo el hígado, necesita algún espacio para sí mismo. Uno tiene cierta zona de soberanía a la cual no permite acercarse así nomás al prójimo; pero de pronto uno se enamora y otra persona nos invade la zona, nos quita intimidad, se vuelve parte de nuestro espíritu y de nuestra carne. Amar es declinar el dominio propio sobre nuestra zona de soberanía; pero, aun así, uno entiende por qué Silvio Rodríguez canta: Si me levanto temprano / fresco y curado / claro y feliz / y me digo: Voy al bosque / para aliviarme de ti… Amar nos exige algún respiro, una copa, un partido de fulbito, un libro o un disco a solas, una tertulia con los amigos. En cambio, odiar…

Odiar no te da respiro. Si a media noche despiertas, lo primero que se te viene es la certeza de que odias. No debes olvidar que odias. El amor es menos tenaz, menos constante que el odio. El amor no es tan obsesivo como el odio; puede ser una adicción, pero jamás una posesión diabólica como el odio. El amor nos reconforta llenándonos de aire puro; el odio nos ahoga, nos asfixia. El amor es llama doble: es llama azul de serenidad o roja encendida de pasión; el odio es pura pasión. El amor nos depura; el odio nos intoxica.

¿Para qué odiar, entonces? ¿Para ocupar el alma, el hígado, las entrañas a tiempo completo?

A veces el odio parece inevitable: uno trata de odiar con todas sus fuerzas al torturador, al usurpador, al traidor, al solapado, al artero, al extorsionador, al impostor… pero se necesita mucho tesón, muchos riñones para odiarlo como se debe, a toda hora, constantemente. Y no hay nada que valga menos la pena de ser constante que el odio.

Es hermoso ser constante y tenaz en la creación porque la creación es un acto de amor. Pero el odio no crea, destruye; no construye, demuele. El amor es el ascenso; el odio, la caída. El amor no es un sentimiento solitario, pues camina acompañado de la alegría, de la solidaridad, de la generosidad, de la actitud de dar a manos llenas. El odio tampoco es solitario, pues anda del brazo con el rencor, la envidia, el insomnio, el reconcomio, la ira. ¿Hay alguna razón para convivir a toda hora con estas criaturas grises y sombrías?

Amar desvela dulcemente y luego conduce al "cine de las sábanas blancas", a los dulces sueños. El odio, en cambio, es la semilla del insomnio. El lecho del amor es tibio y perfumado; el del odio, es una estepa helada y percudida de la hiel de las pesadillas. Quien ama comparte pan y lecho con la persona amada; quien odia se condena a rumiar sus rencores y a desvelarse solo.

Unas cuanta razones para vivir tranquiiiiilo, güey, a cubierto de sentimientos inútiles que agrían el mejor vino, tornan desapacible el buen humor o malogran el mejor carácter.