Queridísimos compatriotas inmigrantes:





Queridísimos compatriotas inmigrantes:

VER: http://blogextremo.com/clandestinoboliviano



Me llamo Ramón Rocha Monroy y me dicen Ojo de Vidrio. Soy inventor del ch’akigrama, con el que se divertían sus padres, trabajé mucho tiempo en el diario Los Tiempos y ahora soy columnista del diario OPINIÓN y de http://www.bolpress.com/, y quiero ponerme al servicio de ustedes.

Mi propósito es abrir un espacio común para que todos cuenten sus testimonios de vida, para que relaten sus penas y alegrías, sus quejas, sus encargos a los familiares que se quedaron en Bolivia. Quiero ayudarles a escribir sus experiencias y a comunicarlas a todo el Planeta. Quiero que me encarguen visitar a sus padres, abuelos, hermanos, parientes, para tomarles fotografías, compartir con ellos y escribir noticias sobre ellos. Quiero, en fin, que ustedes sientan que aquí en la Patria hay una mano amiga, un viejo periodista que quiere contar todo lo que les pasa tan lejos de nuestra tierra; quiero mandarles comentarios, sabores, aromas, sonidos de nuestra Patria, y volcar mi experiencia como escritor y periodista para transmitirles CONSEJOS PARA ESCRIBIR (MÁS) MEJOR.

Necesito que me escriban, que me envíen sus e-mails, que me cuenten sus experiencias, con nombre y apellido, con seudónimo o anónimas, no importa. Todos somos bolivianos, aunque vivamos lejos de la Patria. La Pachamama es TODA la TIERRA, y como hijos de la Pachamama, tenemos el derecho de vivir en cualquier rincón del Planeta donde consigamos trabajo, ingresos y una vida digna. Somos ciudadanos del mundo porque somos hijos de la Tierra, de la Pachamama.
Como dice Manu Chao:

Me dicen el clandestino
Por no llevar papel
Pa' una ciudad del norte
Yo me fui a trabajar
Mi vida la dejé
Entre Ceuta y Gibraltar
Soy una raya en el mar
Fantasma en la ciudad
Mi vida va prohibida
Dice la autoridad
Solo voy con mi pena
Sola va mi condena
Correr es mi destino
Por no llevar papel
Perdido en el corazón
De la grande Babilón.

¡Un fuerte abrazo!!!!

Si uno pudiera escribir así...


Si uno pudiera escribir así…

La lectura de los artículos de Carlos Medinaceli es una lección de estilo ensayístico y periodístico. ¡Cómo combina la amable ironía, el lenguaje cotidiano y, sin embargo, preciso, y la libertad de pensamiento! En los años 50, el Ministerio de Educación y Bellas Artes publicó "Páginas de vida", colección de artículos de prensa del gran escritor; Werner Guttentag incorporó la antología "Medinaceli: Escoge" en la Enciclopedia Boliviana con prólogo de Héctor Cossío Salinas y Mariano Baptista Gumucio le dedicó un libro ágil, antológico y biográfico. Cuando Alfredo Medrano y este servidor iniciamos nuestro trabajo de columnistas, consultamos uno y otro artículo de Medinaceli a ver si se nos pegaba algo de su bonhomía y amabilidad.
Los prosistas bolivianos en la época del Modernismo

Por Carlos Medinaceli

Ninguna aventura más gustosa, más ocasionada a deleitosas sorpresas y edificantes descubrimientos, que una excursión, por vía de paseo rural, antes que de exploración bibliográfica, por las revistas nacionales del tiempo pasado. A lo mejor lo coje uno por ahí a don Abdón Saavedra en flagrante delito de “poeta romántico” publicando unos versos a “la amada”, (¿quién sería la pobre?) que, francamente, merecen la pena que para las malas metáforas pedía Heine, diez años de presidio, o, lo que es peor, a don Ricardo Martínez Vargas, el notable financista, el rígido hombre de los números, haciendo… ¿sabéis qué…? Horresco réferens: atrósticos…

Perdonad el lapsus cálami: he querido decir acrósticos. Hay políticos, hoy notables; sesudos jurisconsultos; respetables padres de familia y de la patria, que en aquellos dichos tiempos, a quien los antiguos daban el nombre de dorados, solían tener sus citas, clandestinas, cln las Musas. Pero estas Musas les jugaban una mala pasada; les soplaban al oído los versos del otro: hay quien firma un hermoso “triolet” de Gonzáles Prada como suyo, o hay el que quiere nuevamente diazmironizar y nos vuelve a repetir aquello de que él es “el león que ha nacido para el combate” y, la otra, “la paloma para el nido”, o que “hay plumajes que pasan por el fango y no se manchan”. Bella imagen con la que, evidentemente, alude a los políticos bolivianos. Estos, en su generalidad, tienen de estos plumajes. Pasan por todos los partidos. Y no se manchan.

Oh, el encanto, las sabrosas enseñanzas, las deleitosas sorpresas, que nos brindan los papeles viejos.

Empero, antes, es de contar el origen de este mi amor epistemológico. El caso es que, en Potosí, cuando se muere un hombre de esos raros que tienen la costumbre, mala, por supuesto, pésima, de coleccionar libros, hasta organizar lo que allí llaman “Librería” –que en otras partes dicen “Biblioteca”—lo corriente es que los deudos queden pobres y, lo peor, con un clavo encima, la “Librería” del papá o del esposo difuntos. Y como también, es lo frecuente, tienen que cambiar de casa, no sabiendo qué hacer con los tales libros, folletos “y tanta papelería” del papá o del esposo, los hijos o la viuda, deciden vender los folletos y papeles por arrobas, a las chancaqueras, ancuqueras, bizcochueleras, mantequeras y demás gente que necesita “papeles que no sirven”, para envolver en ellos lo que sirve para el regalo del paladar como son los ancucos y el bienestar del estómago, como es la manteca.

En mis tiempos, la arroba de estos folletos y papeles se vendía a razón de Bs. 4.- la arroba. Ahora debe ya haber subido. Cuanto a los libros, se los vende según la pasta y el volumen, al tanteo. Las viudas de los intelectuales no es que no sepan leer, generalmente, sino lo que pasa es que, por adquirir aquellos librados, --obra del diablo según dicen los Jesuitas—el esposo hasta llegó a ser un mal marido: muchas veces sacrificó el pan nuestro de cada día por adquirirlos o, de tanto abismarse en la lectura de ellos, concluyó por volverse un idiota y olvidarse hasta de sus más sagrados deberes conyugales: en vez de dormir en el dormitorio, como era su deber, se quedaba dormido en la Biblioteca: la esposa llegó, pues, con el tiempo, a cobrarles una enemistad personal a los libros. Ahora, por fin, ha llegado la hora de la venganza: si pudiera arrojarlos al fuego. Pero, no: es preferible venderlos: algo siquiera se puede sacar de ellos. Entonces, los vende: los libros, según la pasta; los folletos y demás papeles, por arrobas.

Así adquirió don Luis Subieta Sagárnaga, historiador y mártir, los cinco tomos manuscritos de los “anales de la Villa Imperial de Potosí” por Bartolomé Martínez y Vela, cuando la viuda de don Modesto Omiste vendió la Biblioteca de su esposo. Don Luis Subiera Sagárnaga, hasta ahora, no ha publicado sino el primer tomo, en una edición pésima y sin el menor sentido bibliográfico. Los cuatro restantes, seguramente piensa dejar de herencia a sus hijos. Por el hecho de haber adquirido en unos cuantos pesos aquellos manuscritos, el señor Subieta Sagárnaga, se cree dueño de la propiedad literaria de los referidos “Anales”.

LA MEMORIA Y LA ESCRITURA


LA MEMORIA Y LA ESCRITURA
Eloy sopló su hálito caliente en esos dedos ateridos que sobresalían de los guantes de lana. Ni la manta que cubría sus pies ni el pesado abrigo de piel de oso podían sustituir la falta de fuego en esa estancia tan grande donde Eloy trabajaba junto a la ventana para tener más luz y ayudarse así a escribir sobre el pergamino.
Le habían dado como tarea copiar la vida piadosa de San Sebastián, patrono del monasterio donde Eloy residía desde su adolescencia; pero, secretamente, usaba un pergamino sí y otro no para recordar lo que le había contado el ermitaño, que vivía en el bosque, cruzando ese mar de nieve, sin más abrigo que el burdo hábito con el que había cubierto su cuerpo hacía veinte años. Se llamaba Eloy, y le había hablado de los milagros de la memoria, de la magia de la escritura y del origen de los libros.
Con ese frío, tendría tres o cuatro horas para alternar el trabajo con el placer. No descuidaba la copia de los milagros de San San Sebastián porque eso le valdría perdón e indulgencias por sus pecados; pero en secreto cometía un pecadillo más: el de escribir un libro profano, más bien una memoria corta del torrente de recuerdos que había volcado el ermitaño Anselmo.
Todo había comenzado cuando lo visitó para pedirle una provisión de pergaminos y de tinta. Cada que podía, Eloy le llevaba cueros de vaca que el ermitaño alisaba tan pero tan finos que cabían en una cáscara de nuez. Precisamente en una nuez tenía parte muy larga de la Summa Teologica y en otra, las Confesiones, de San Agustín. Anselmo las exhibía al joven Eloy, sonriendo con su boca desdentada y recordando a Cicerón, que se vanagloriaba de tener la Ilíada y la Odisea precisamente en dos cáscaras de nuez.
Pero la fabricación de pergaminos no era, precisamente, su especialidad, sino la fabricación de tinta, porque recogía unos hongos adheridos a la corteza del castaño, los molía, los combinaba con sulfato de hierro y los mezclaba con goma arábiga, obteniendo así una tinta que dejaba apenas una sombra, casi una transparencia sobre el pergamino, que luego se volvía más oscura y más oscura, a medida que penetraba en la piel y se fijaba para siempre.
El abad sabía del contrabando de cueros y de la afición secreta de Anselmo por fabricar pergaminos, pero prefería ignorar esas pequeñas faltas debido a la calidad de la tinta del ermitaño, que servía a los copistas para rescatar el alma de los viejos papiros para convertirlos en libros sólidos, encuadernados en tafilete, con guardas de bronce repujado y todos ellos con las iniciales iluminadas por expertos iluministas.
Eloy se complacía en saber que había tiempo. "Hay tiempo", se decía cada vez que trazaba con primor cada uno de las letras apretadas del texto. Se complacía en inventar abreviaturas para ahorrar pergamino, aunque pensaba, con orgullo, que la piel era muy superior al papiro porque permitía escribir por ambas caras, y cortar un cuero entero de vaca en hojas rectangulares, de donde venían las denominaciones de los libros, pues usualmente se doblaba el cuero cuatro veces y así se obtenía los libros copiados in quarto; y a veces en ocho, y entonces, in octavo, y hasta dos veces in octavo, es decir, dieciséis hojas. Como se comprenderá, los libros más frecuentes eran los copiados in quarto.
Qué diferencia con el pergamino, que ya, es cierto, permitía trazar letras nítidas, redondeadas y bellas, pero jamás como las letras del pergamino, cada una de las cuales era un dibujo cuidadoso, moroso, reconcentrado, como una gema que guardara secretos inconfesables.
Anselmo le había obsequiado plumas de cuervo, según él más efectivas y durables que las de ganso, y le había hecho un largo discurso sobre la sabiduría humana acerca de la pequeña escisión que tenía en la punta acanalada, la cual dejaba pasar un hilo uniforme de tinta, más grueso mientras más se apretaba el borde de la pluma contra el pergamino. De este modo, Eloy podía practicar la vieja caligrafía clásica, que consistía en alternar rasgos finos con rasgos gruesos, costumbre muy elegante y muy apreciada por los lectores.
Allá, en el fondo de la biblioteca, Eloy había buscado, por curiosidad, las láminas de cera cuya ubicación le había sido transmitida por Anselmo. Eran unas viejas libretas de apuntes que ya se usaban en Roma y que, apenas una generación antes, usaban los novicios para tomar apuntes en las clases de Teología. Sobre esa fina capa de cera de abeja, los novicios trazaban signos con el estilete, que tenía punta afilada, o borraban sus errores con el otro canto, que era romo. Todavía se hablaba de aquel hereje que tomaba apuntes de Santo Tomás, pero por debajo de la capa de cera escondía una segunda capa donde escribía en secreto sus sueños licenciosos. Alguna aldeana que le concedió favores era la culpable de su extravío y ambos acabaron en la hoguera, donde también se fundieron las memorias lascivas del hereje.
Un escalofrío le recorría la espalda a Eloy cada vez que recordaba el episodio, pues ¿no cometía el mismo pecado al escribir un libro profano cuando su deber era copiar los milagros de San Sebastián? Pero el abad era un anciano indulgente y Eloy apenas sentía un miedo deportivo, apenas un estremecimiento de dolor y de placer de sólo imaginarse ardiendo en la hoguera, con sus memorias apretadas contra el pecho.
El ermitaño Anselmo, no obstante que proveía de materiales a los copistas no veía con muy buenos ojos la costumbre de copiar libros. Esto debido a que elogiaba los milagros de la memoria. No se cansaba de decir que, desde el principio de los tiempos, los libros eran seres de carne y hueso que habían desarrollado prodigiosamente la memoria y repetían las tradiciones de cada pueblo, unas veces contando y otras veces cantando.
Homero se sabía de memoria las historias de la guerra entre tirios y troyanos y las aventuras de Odisea, pero un día las escribió en papiros. Sí, en papiros fabricados en Egipto. Pero, vamos, ¿no era, acaso, ciego? ¿Cómo se había dado modos para escribir? ¿Dictándole a un copista? Eloy se estremecía de gozo al imaginarse trabajando de copista junto a Homero. Con qué fidelidad habría registrado las rapsodias de Aquiles y de Odiseo.
Anselmo le había hablado sobre la biblioteca vida de Itelio, un mercader que reunía en su mesa hasta 300 comensales; y sin embargo, no podía mantener conversación con ellos porque era un hombre inculto. Quiso su vanidad inspirarle un recurso ingenioso: escoger, entre sus esclavos, a los más sabios y encargarle a cada uno que memorizara una historia completa. De este modo, solía terciar en la conversación y entonces instruía a cualquiera de sus libros vivos que repitiera alguna cita alusiva. Los esclavos llevaban los nombres de los libros que habían memorizado. Uno se llamaba Ilíada; el otro, Odisea, en fin. Anselmo le contó también que la disposición de un anfiteatro era un recurso mnemónico para los actores, pues relacionaban cada episodio con una de las columnas o detalles y así no olvidaban sus papeles. Le contó que Demóstenes relacionaba los párrafos de un discurso con las estancias de una casa. El ingreso era el exordio, y así cada período se relacionaba con un cuarto, para no olvidarse de decir todo lo que se había propuesto.
Cada letra que trazaba era, en verdad, un dibujo que Eloy trazaba mordiéndose la lengua, con todo esmero. Sabía que alrededor del texto se movían cientos de diablillos buscando la forma de distraerlo para ocasionarle una equivocación. Lo que más temía era un accidente bastante común: que los diablillos empujaran el tintero y el trabajo se manchara irremisiblemente. ¡Con lo que costaba conseguir pergaminos y tinta; y con lo moroso que era escribir!
No faltaban devotos que donaban pergaminos al monasterio pidiendo rezos por la salvación de su alma. Particularmente los comerciantes que viajaban al Oriente, guardaban, entre sus tesoros más preciados, tinta china y pieles de Pérgamo destinadas a monasterios y conventos, donde los monjes se encargarían de orar por la salvación de esas almas que se aventuraban hacia el confín del orbe conocido y aun más allá, hacia lo ignoto. Esas pieles y esa tinta era repartida con avaricia a los copistas; pero Eloy había remediado el problema visitando asiduamente al ermitaño y aprovechando para escuchar sus historias.
¡Claro! ¡Por eso se llamaban pergaminos! Poco antes de su invención, se escribía en papiros, que eran un entretejido de fibras de un junco abundante en el Nilo; los faraones ya habían restringido la provisión de papiros a los países del Mare Nostrum y la veda empeoró cuando los árabes dominaron el Egipto por más de un siglo. Pero, frente a la biblioteca de Alejandría, abundosa en papiros, se alzó Pérgamo con sus artesanos del cuero que inventaron el pergamino. Había pergaminos de tres clases: el llamado papel de Augusto, en homenaje al emperador, el más fino; el papel de Livia, esposa de augusto, y el papel de los comerciantes, el más burdo. En ese orden decrecía la pulcritud de los signos, pues los comerciantes daban empleo a registradores de cifras que hacían el inventario de las cargas de trigo y de cueros y de otras mercancías que almacenaba el faraón o los ricos comerciantes.
Los papiros eran frágiles y se conservaban en rollos. Cientos de papiros hacían un libro. Algunos de ellos tenían hasta cien metros de largo y eran enrollados en primorosos cilindros que los lectores sostenían con la mano izquierda, mientras desenrollaban con la derecha. Un descuido, un picor de nariz, y el texto se enrollaba de nuevo. En cambio, el pergamino era propicio a la lectura tan sólo con el recurso de cortarlo en láminas rectangulares que se cosían en libros.
Cada signo es un dibujo, se decía Eloy jugando con la lengua, pasándola por el borde de los labios y registrando en la dentadura los restos de la mazamorra de trigo y la hogaza de pan con vino que había desayunado. Se esmeraba en dibujar la A y recordaba que Anselmo le había dicho que originalmente el signo se escribía invertido y así se veía mejor que era la primera letra de la palabra "toro": el signo aleph, de los hebreos. Pero ¿dónde y cómo habían nacido las letras?
Así como la memoria y la narración oral antecedieron a la escritura, así el dibujo precedió al alfabeto. Es más: en el principio fue el dibujo y el dibujo se convirtió en alfabeto. Anselmo había dibujado en la arena un cuadro en el cual se explicaba el linaje del alfabeto griego y del latín, partiendo del alfabeto egipcio, que había sido el más antiguo: el padre de todos los alfabetos.
En ese instante, Eloy escuchó unos pasos cansinos en la estancia vecina y reconoció la presencia del abad. Ocultó rápidamente el pergamino sobre la historia de los libros y alistó aquel otro en que narraba los milagros de San Sebastián. Se persignó por las dudas y prometió un acto de contrición por su pecadillo, pero secretamente se propuso dibujar aquella misma noche el cuadro que el ermitaño dibujó en la arena.

Alas


ALAS

U

na mañana me senté en un prado, qué digo, en un pequeño rectángulo de pasto de una casita, y mi nieto Ale me pidió que le contara un cuento. No se me ocurría ninguno y le ocasioné una molestia: le parecí una persona aburrida. Mi otro nieto se llama Antü y me puso el apodo de Chistoso porque solía improvisar cuentos y juegos de palabras. “Yo quiero sentarme al lado del Chistoso”, es uno de los mejores elogios que me dedicó. Sin embargo de mi fama, aquella mañana no pude contarle un cuento al Ale.

Poco después, el Ale jugaba con otros niños mientras yo rumiaba el tema sentado a la sombra de un molle viejo, de ésos que todavía se conservan en la Urbanización El Castillo, donde ocurrió todo esto. Si hacía memoria, bien pude haberle dicho que este parquecito antes no existía, porque la erosión había avanzado desde la barranca del río hasta muy cerca del almacén comunal, de modo que el frente de mi casa no daba a este parquecito, sino a un tremendo foso que evitábamos cruzar. Le hubiera dicho que su papá, mi hijo Ariel, a sus siete años, coleccionaba alacranes, que caminaban libremente entre los pedregales del barrio que ahora son jardines, y que tenía una curiosa afinidad con los bichos, porque no sólo cazaba mariposas sino también avispas, ninaninas, arañas y víboras, que también abundaban en este barrio suburbano. Podía despertar su interés contándole que una vez el Ariel hizo un viaje, y cuando llegó, se le salían los ojos de ilusión al mostrarme lo que me había comprado: una tremenda apasanca peluda y disecada. Quizá me hubiera atendido más si recordaba el regocijo de la Aurora, que era una cholita muy linda, cuando el Ariel llegó a la casa con una culebra viva que él tomaba delicadamente por la cabeza y por la cola. Pude haber omitido el absurdo impulso de cólera que me hizo ordenarle que la matara de inmediato, cosa que el Ariel ejecutó sin demasiados escrúpulos y con una destreza insospechada. En fin, que la Aurora me había rogado de inmediato que le regalara la culebra para picarla en trocitos y hacerla charque; y que, una semana después, me sorprendió un tufo de fritura en la casa, y cuando entré a la cocina, vi a la Aurora comiendo el charque de víbora junto al Ariel, a su hermano Manuel y a la pequeña Raquelita, mis tres hijos, que saboreaban el charque de víbora como si fuera un pastel de fresas.

¡Tantas cosas pude haber contado y me callé! La Urbanización ya tenía cuatro generaciones; yo pertenecía a la segunda; el cerro de San Pedro estaba muy próximo, y los fines de semana subíamos temprano, hasta la cumbre, y luego bajábamos al río a bañarnos en las pozas. Mis padres, que todavía vivían, llevaban un pollo al horno y fruta; mi viejo se llevaba una botella de chicha, de contrabando; un amigo suyo se untaba el cuerpo con lodo y se dormía al sol hasta convertirse en el Monstruo de la Laguna. Luego se sumergía en la poza y salía sonriendo como un chiquillo…

No le conté nada al Ale y el dolor tenue de este recuerdo me duró par siempre. De esto pasan más de veinte años en los cuales he tenido cientos de motivos para recordar aquella escena y, más aún, las conjeturas que me hice sobre la posibilidad de haberle propuesto que imagináramos juntos alguna ruptura de esta realidad gris en que nos tocó vivir. Por ejemplo, cómo sería la vida si nos crecieran alas, una obsesión que comenzó a llenarme la cabeza a medida que me volvía viejo y pesado. Qué lejos estaba de saber que aquella conjetura era una premonición, y que pronto ocurriría una mutación genética que es el tema de estas confidencias.

Hoy sonrío al decir estas cosas, sobre todo al ver al Ale y al Antü cuando se posan bellos y gallardos a la entrada de mi nido, y pliegan sus alas mientras me miran con sus ojos llenos de inmensidades y lejanías. ¡Cómo ha cambiado la vida en estas dos décadas!

Omití decir que soy médico familiar, pues nunca obtuve ninguna especialidad, que me llamo Ramón y que mantengo un consultorio en casa, donde rara vez ingresa un paciente. Como decía, a raíz del fiasco de mi nieto, se me hizo una obsesión darle vueltas a la posibilidad de que hombres y mujeres tuviéramos alas. Aun en mi consultorio de médico familiar, permanecía absorto dándole vueltas al asunto, hasta que un día ingresó Camila, una jovencita a quien había visto bailar danza contemporánea, y aun más, la había fotografiado en medio de su troupe, creando sin querer un espacio vacío en el cual Camila, por efecto de la perspectiva, parecía un ave que volara en la oscuridad del escenario.

Camila se quejó de fiebre y somnolencia. Dos semanas antes había sentido un bajón en sus energías, que le perjudicaba en los ensayos. Había perdido el apetito y usualmente prefería dormir a sentarse a la mesa; pero tenía que salir de su casa cuando sonaba una alarma digital que le indicaba la hora del ensayo. Amaba la danza y se olvidaba de todo, hasta de comer, pero luego volvía fatigada a su casa y solo quería dormir.

Le pregunté si había registrado algún otro síntoma, y me dijo que le habían crecido unas protuberancias en la espalda, a la altura de los omoplatos, que le dolían de forma leve pero persistente.

Le pedí que se desnudara y me coloqué en el cuello el estetoscopio para escuchar los latidos de su corazón. Cómo sería de tierno su corazón, que en lugar de latir cantaba. En realidad, cantaba sin letra; repetía notas de una melodía cálida, envolvente, plena de amor. Iba a escuchar sus pulmones cuando quedé mudo ante las protuberancias de sus omoplatos: o yo no había visto nada maravilloso en la vida, o esas protuberancias eran alas de pájaro, todavía apenas revestidas de plumas, pero alas al fin.

Involuntariamente, las acaricié. En efecto, esas pequeñas alas estaban revestidas con la pelusa que cubre la piel de los polluelos. Una pelusa blanca, reluciente, que parecía tener gotas de rocío. Las toqué y le pregunté a Camila si sentía dolor. Me dijo que no, que más bien le encantaba sentir mis manos en esa parte de su cuerpo.

Repetí mentalmente “de su cuerpo” y me estremecí: por la salvación de mi alma podía jurar que aquello era una mutación genética, y que Camila se estaba convirtiendo en una criatura alada.

Le recomendé que no contara a nadie el asunto y que volviera en un par de días. Le receté aspirinas para la fiebre y la tranquilicé diciéndole que esos ojos brillantes y esa mirada plena de ternura no podían indicar otra cosa que una vida llena de amor y de salud.

Esperé unos días en los cuales me olvidé que Camila debía regresar al segundo día, pero tuve que recordar la cita porque de pronto me llamó Ariel, mi hijo, para decirme que el Ale había amanecido con un dolor en la espalda y casi de inmediato me lo trajo para que lo examinara. Debo decir que, por intuición, no necesité preguntarle qué le pasaba. Una vez que se quitó la polera le examiné directamente los omoplatos, tan sólo para comprobar, maravillado, que el Ale tenía unas alas recubiertas de pelusa amarilla. No acababa de despedirlo cuando entró Manuel, mi otro hijo, llevando de la mano al Antü ¡con el mismo problema!

Una vez solo, me dije que tres golondrinas no hacen primavera y, consiguientemente, dos casos aislados no hacían una epidemia. Esa noche salí a una presentación del grupo de Camila. Minutos antes, apuré un par de whiskies frente al teatro, de modo que, al sentarme en mi butaca, tenía los vasos dilatados y una sonrisa de felicidad sin motivo. Como nunca me conmovió la danza contemporánea, especialmente ver a Camila, que era fina y sutil como un suspiro, pero la vida la había dotado de una energía y una expresividad que abría o adelgazaba el espacio escénico según los latidos de su corazón. No eran menos sus compañeras, en especial Carmencita, a quien a ratos me parecía verla volando o levitándose a centímetros del piso.

Me sentía tan contento que las visité en los camarines para hablar con Camila y decirle que nada malo podía ocurrirle si danzaba con la levedad de una hoja al viento. La besé en la frente, apreciando la humedad del esfuerzo que había desplegado, cuando apareció Carmencita y se acercó para pedirme una consulta urgente.

La miré con indulgencia y, adelantándome a sus confidencias, le toqué la espalda: tenía las mismas protuberancias que Camila.

En las semanas siguientes, los casos se multiplicaron de tal forma que el Ministro de Salud puntualizó su alarma, en una vaga declaración pronunciada en la capital, a cientos de kilómetros de donde vivimos. ¡Dios sea loado!

Hasta entonces tenía cinco casos, de tres mujeres y dos niños, que podían llevarme a la conclusión de que el fenómeno era una cuestión femenina o infantil; pero entonces me visitó Tulio, compañero de danza de Carmencita y Camila, a quien le parecía divertido mirarse en el espejo y mostrarme una facultad nueva: la de mover a voluntad esas pequeñas protuberancias que le habían brotado en ambos omoplatos.

Por fin, una tarde me visitó Camila y me saludó con una sonrisa radiante. Ejecutó un paso de danza mientras se quitaba la blusa y entonces me mostró algo maravilloso: las alas le habían crecido en forma tal que intentó volar ¡y lo hizo! Revoloteó ante mis ojos atónitos alrededor del cuarto, y luego, para darme una prueba contundente, salió por la ventana abierta, se detuvo como a treinta metros, me mandó un beso volado y se fue más allá del horizonte.

Así comenzó una mutación genética que afectó a todos, y, por supuesto, a mis nietos Ale y Antü, incluso a mí mismo. De pronto comprobamos que ya éramos miles de hombres y mujeres a quienes nos crecieron alas, y que la vida se había llenado de una alegría nueva y unos hábitos insospechados, como el de volar, para no ir más lejos.

Volando, comprendimos que la belleza existe a pesar del género humano. Por afinidad recién contraída, volamos a abrir todas las granjas avícolas y soltamos a todas las especies aladas; intervenimos los zoológicos y liberamos a miles de mamíferos y aves y saurios y serpientes. Clausuramos una planta de pesticidas y dejamos a millones de insectos y gusanos que deambularan a su arbitrio.

Aquello mudó nuestras costumbres, el contenido curricular de nuestras escuelas, colegios y universidades, las políticas municipales, las estrategias gubernamentales y, por debajo de todo ello, las relaciones humanas, que se transformaron en una relación entre seres alados. Pero el impacto mayor lo registramos en nuestros hábitos alimenticios. Creo que alguien registró la última vez que se encendió fuego para cocinar, porque luego desechamos para siempre esa práctica: cocer y, peor aún, asar carne y vegetales se volvieron actividades, quién lo iba a suponer, primitiva, cuando antes las considerábamos la fundación de la cultura.

Se suspendieron las prácticas pecuarias y agrícolas, pues instintivamente nos repugnó comer carne y cocer vegetales. La vista se nos aguzó y el mundo, allí abajo, se reveló como una galaxia infinita de granos alimenticios de toda especie. Como es de suponer, recordamos al unísono ese versículo de la Biblia que habla de las avecillas del campo, que no se afanan en buscar alimento porque ahí está, en los granos, en los frutos, en el néctar de las flores, en las hojas tiernas de los vegetales. Superada la era del fuego, la realidad se volvió un mundo crudo y propicio a la libertad; la vida se convirtió en un grito de liberación frente al trabajo; ya nadie necesitó dinero y se cerraron los mercados y tiendas de toda especie. Se encogieron los puentes (como lenguas heridas), se agrietaron las autopistas, se cerraron las cementeras, los aeropuertos, las terminales de buses. Se despoblaron casas y edificios y la naturaleza brotó por todos los resquicios que se abrieron en los muros construidos por los hombres.

La naturaleza, librada a sí mismo, acabó con el uso de viviendas, muebles, utensilios, relojes, mesas y sillas; se ensañó con las máquinas, las computadoras, los vehículos; y, de pronto, la gente decidió rescatar los objetos de arte más sutiles, los libros de lectura inolvidable, pero, sobre todo, la música, los instrumentos de música. Sin embargo, años después la gente alada prefirió cultivar la voz, como el más sutil de los instrumentos musicales, y se formaron coros mixtos con las aves canoras más inverosímiles que, de pronto, se congregaron junto a nosotros porque ya no tenían temor de que las enjauláramos o, peor aún, las comiéramos.

Autonomía, mía, mía


El Comité Cívico Pro Santa Cruz, con el empresario-terrateniente Branko Marikon-vic a la cabeza, iniciará este lunes 3 de diciembre una "huelga de hambre indefinida" en contra del proceso de cambio impulsado por el gobierno de Evo Morales. Vale. Cada cual con su estómago.

Pero lo preocupante es la inadmisible, ilegal y antidemocrática amenaza de impulsar "autonomías de facto" a partir del 14 de diciembre, fecha en la que concluye el plazo para la aprobación de la nueva Carta Magna en el seno de la Asamblea Constituyente.

Para el efecto la élite cruceña tiene preparado un “Proyecto de Estatuto de Autonomía”, cuya primera versión fue conocida hace 5 meses. Es decir, antes de que la Constituyente definiera el tema ya estaba en circulación-marcha ese instrumento separatista.

Se trata de una norma que desborda ampliamente el contenido de la pregunta del Referéndum autonómico y, peor, incluye algunos dislates/desvaríos. Menciono cinco de ellos:
  1. La insostenible noción de “ciudadanía cruceña”.

  2. La inconstitucional competencia exclusiva, atribuida al Gobierno Departamental, de “regular la migración interna”.

  3. El forzado destripamiento institucional (propio de un régimen federal).

  4. La posibilidad de “asignar” autonomía –como concesión graciosa– a las “comunidades nativas cruceñas” (sic).

  5. La facultad de “normar y regular las políticas departamentales de comunicación social (…); y crear, regular y administrar sus propios medios de prensa”.
Y encima tienen el cinismo de presentar el Estatuto de marras como defensa contra el "totalitarismo". ¡Qué tal! La gran interrogante es hasta dónde están dispuestos a llegar estos poderes fácticos regionales en la atrincherada defensa de sus intereses.

¿Pondrán en riesgo la democracia? ¿Se animarán a quebrar la unidad nacional? ¿Nos llevarán a una guerra civil? Preguntas...

Artículo 1°

Debatamos el contenido de la nueva Constitución...



Por una Bolivia plurinacional e intercultural con autonomías. Fuente: Laberinto (IDH, 2007).

Sin negar la discusión acerca de la chapucera forma en la que fue aprobada la Constitución en su estación en grande, les propongo avanzar en algo más sustancial: sus contenidos.

Sugiero empezar con un tema fundamental relacionado con la visión de país y que configura el Artículo 1° de la Carta Magna: el modelo de Estado. Veamos el siguiente cuadro comparativo:




¿Qué tipo de Estado queremos los bolivianos? Fuente cuadro: fD3 (fado Datos, Diálogo y Deliberación).

Como insumo para el diálogo/debate planteo tres elementos de análisis:

  1. Lo que se mantiene: Como no podía ser de otra manera, Bolivia conserva intacta su cualidad de Estado libre, soberano e independiente. En ello no hay discusión posible. También es un Estado democrático, esto es, adopta como forma de gobierno la democracia (sin adjetivos). Es también Unitario en su estructura, es decir, no federal. Y es un Estado Social y de Derecho. Social porque garantiza el bienestar de la ciudadanía y de Derecho pues su funcionamiento está limitado por la norma.

  2. Lo nuevo: En la nueva Constitución encontramos dos saltos cualitativos fundamentales. La primera es reconocer que Bolivia se constituye en un Estado comunitario; la segunda, en un Estado autonómico y descentralizado. ¿Qué significa esto? Comuntario porque da cuenta de la existencia no sólo de individuos, sino también de pueblos indígenas, originarios y campesinos con derechos colectivos. Y autonómico-descentralizado en tanto en su organización territorial reconoce la existencia de diversos niveles con competencias político-normativo-administrativas propias.

  3. Lo que se transforma: Aquí hay un cambio sustancial. En la Constitución de 1994, tras casi 170 años de vida republicana, reconocimos recién que somos una país multiétnico y pluricultural. Con la nueva Carta Magna estamos dando un paso esencial: asumir en la norma que nuestro Estado es plurinacional e intercultural. La diferencia no es irrelevante. Plurinacional porque reconocemos que en Bolivia habitan no sólo diferentes "etnias", sino también naciones y pueblos indígenas y originarios con libre determinación. E intercultural en tanto no somos monoculturales ni es suficiente reconocer que convivimos diferentes (pluris), sino que sobre la sólida base de la diversidad asumimos el reto de construir un núcleo común (lo inter).

Queda esta lectura, exploratoria y preliminar, para la reflexión y el debate.






Quedarse/irse

Si usted pudiera, ¿se iría a vivir al extranjero?

Difícil-sensible pregunta. Para los que se han ido de Bolivia. Para los que aquí quedamos. Para los que quisieran irse. Para los que no lo harían "nunca"...

"Señorita de clase media pensando seriamente en migrar a Mayami". Ilustración: Alejandro Salazar. Fuente: El Submundo de Al-azar.


Si usted pudiera, ¿se iría de Bolivia? Un estudio realizado a nivel nacional (en las nueve ciudades capitales y El Alto) aporta importante información acerca de la percepción ciudadana al respecto. Veamos los datos para los últimos siete años:

Datos comparados para el período 2001-2007. Fuente: PNUD-PAPEP.


Propongo dos lecturas:

  1. No deja de ser preocupante que, en el presente, el 45% de los bolivianos y bolivianas estaría dispuesto a emigrar del país si pudiese hacerlo.

  2. Es una señal alentadora que, a diferencia del período 2001-2005, en los últimos dos años (en especial el 2007) seamos más los bolivianos y bolivianas que, aunque pudiésemos, no nos iríamos a vivir al extranjero.

Pero hay datos reveladores si desagregamos la información (para el año 2007):

  • Por edad: a menor edad, mayor deseo de emigrar (54% de los jóvenes de 18 a 24 años se irían del país si pudiese, frente al 62% de los adultos mayores de 40 a 70 años que no lo harían).
  • Por ciudad capital: siete de las nueve ciudades capitales y El Alto del país mantienen la pauta relativamente mayoritaria (entre el 51 al 61%) de NO emigrar de Bolivia aunque pusiesen. Hay una excepción y un caso especial. La excepción es Cochabamba: es la única ciudad del país donde una mayoría (53%) dice hoy que quisiera irse. ¿Y el caso especial? Cobija: un abrumador 87% expresa con claridad que se queda en Bolivia.
  • Por género y por nivel socio-económico no hay diferencias importantes. Tanto hombres como mujeres, por un lado, como ciudadanos de los niveles alto/medio alto, medio y bajo/medio bajo, por otro, expresan su vocación mayoritaria de no emigrar al exterior.


Dicen que, dependiendo de la fuente, entre tres y cuatro bolivian@s nacidos en esta tierra viven hoy en otro país (Argentina, Brasil, Estados Unidos y España, entre los más importantes). Allí están ora como residentes, ora como trabajadores eventuales...

La migración, a qué negarlo, es un tema fundamental de la agenda pública. Preocupa en especial el tema de los derechos de los migrantes y sus condiciones de vida.

Y tú, si pudieses, ¿te irías de Bolivia? ¿Por qué?